Para los antiguos celtas, la naturaleza era su templo y el sabugueiro (saúco), una de sus árboles sagrados. Ellos creían que dentro de él habitaba un espíritu protector: la "Madre del Saúco", a la que debían pedir permiso y respeto antes de recolectar sus flores o su madera. Era considerado un guardián de los secretos de la tierra y un portal hacia el mundo de lo invisible.
Aquí en Galicia, esa magia celta se transformó en una hermosa tradición de protección: desde tiempos ancestrales, el sabugueiro ha sido el escudo de las casas gallegas, su guardián.
Tradicionalmente se plantaba o se dejaba crecer libremente al lado de las casas, los pozos y los establos. Su sola presencia física era un escudo sagrado: se creía que, donde habitaba un sabugueiro, la casa quedaba protegida de las tormentas, el mal de ojo y las malas energías.
Además existía la creencia de que cortarlo o quemar su madera sin un motivo sagrado (como la medicina), daba extremada mala suerte.
Un árbol que cura, limpia y protege.